
Ya no era extraño que él sintiera la agotadora irregularidad de los ánimos, la dinámica pendular de su presencia en una quimera nocturna, el símil de una balanza coja en la infamia de abalanzarse a la temida añoranza, a la franqueza inútil de sentirse una vez más confortable, de reconocer el potencial del albedrío mientras desahuciaba la asidua y majadera estancia de sus fantasmas.
Ella mutaba a una paradoja insostenible, una torre de naipes aguardando a caer, un equilibrio caduco, un contrapeso precario, inexistente, pero estúpidamente presente; vigente en un corredor paralelo, en un destello de luz velada, en el abismo de lo intrínsecamente propio, como una figura centinela de las cavernas de la percepción, aquella que con una mano ciega la vista y con la otra golpea murallas mientras sonríe, como disfrutando la amarga ironía de los ecos residentes, allegados de una realidad donde ella ya no existe, donde solo es sombra y desvelo, polvo y vestigios… pero donde de alguna forma “es”.
Él percibía que tercamente subsiste ese “algo” fastidioso, ese contrasentido persistente de eludir cualquier recuerdo que evocara la memoria, el cosquilleo de la inquietud, de la turbación de caminar por la avenida y sentir que ella ahí estaba; en los lugares que él concurría, en los lugares que ella no concurría pero podía concurrir. Porque sin quererlo eso se había transformado en una mecánica cotidiana, educada; que aunque si bien no era algo irritante, era a lo menos “molesto”; significaba conjugar su accionar en virtud de un cotejo inquisidor, de una pesquisa dirigida en la aglomeración de gentes como requisito de una sonrisa de alivio.
A veces divagaba sobre las razones de aquella paradoja, sobre la inexplicable potencia de un estallar a la altura del vientre cuando menos se espera, cuando menos se busca. Era consciente de que ella ya no era parte de su vida… tampoco quería que lo fuera, pero era innegable que el equilibrio se esfumaba cuando el viento le traía noticias de ella; no importaba qué fuera… era el simple hecho de evocar a la memoria, de desempolvar un baúl que había sido la parte más importante de su vida, que al fin y al cabo fue su única vida hasta que ella decidió cerrarlo de golpe, sin anestesia.
La prudencia del tiempo la conservaba alejada de la fibra más sensible, pero otra cosa era la contingencia de un día de “lluvia-sopaipillas-y-abrigo”, de una melodía “melancoesquizoide” de Spinetta, de un film de Gondry, de una protesta estudiantil en algún paraje neurálgico de la ciudad, asunto que se había vuelto recurrente en el último gobierno, tan recurrente como su asistencia. Pero él no habituaba ser un hombre de contingencias, o al menos, nunca lo había sido. Supo que había tantas cosas que nunca había sido, cosas que el letargo del tiempo mantenían calladas, dormidas, aguardando…
Revisaba frecuentemente el pasado en su mente con la suspicaz mirada de un búho nocturno. Hurgaba en los estrechos pasillos donde estaban las imágenes que testarudamente retenía, aquellas que de alguna forma le recordaban quien era… Repasaba de pronto una noche con sus manos cerca del fuego, una vela encendida y el viento frio del sur; el murmullo constante del oleaje sobre las piedras brunas paralelamente con el mudo expirar de un cigarrillo que se consume entre los dedos. Recogía hojitas de los costados para avivar la hoguera que lo único que lograba era hacer patente el silencio, el frio que los rodeó la última época. Amasaba el espacio en su mente haciéndolo una barrera impenetrable, una cadena con eslabones de acero que limita la frontera exacta donde se comienza a estar incómodo, donde se reconoce la probabilidad de una lágrima, de un titubeo, de un potencial desengaño.
Aprendió a vivir a un costado de aquel umbral, donde todo es circunstancial, donde no funciona el sistema que había construido durante años. Al otro lado de la muralla que paró para separar el mundo que compartían del otro. Cada eslabón es un vínculo que se destruye, cada ladrillo es el sepulcro de un lazo que se aniquila; es la sonrisa de la madre y el padre que se extingue, la visión de una silla vacía en el comedor, de una duda en el silencio, del brillo de tus ojos que a la cuenta de 3…2…1… ya no existe.
A veces miraba desde el otro lado por las rendijas. La veía con un martillo en mano destruyendo engranajes, dinamitando estructuras, demoliendo pasado. En la otra, construyendo el mundo. Él giraba y veía el suyo… Un terreno llano, pero sin estructuras. Las dejó a otro lado de la frontera para que ella las desplomara.
Solo subsiste una plática implícita con la mirada, un armario atiborrado de especulación, de supuestos, de ¿Qué será de ti..?, ¿Disimulas?, ¿extrañas?
En el sofá él ensaya a vivir. Mira el llano y dimensiona tamaña calamidad. Pensaba:
- Si un tiempo fui… ya no soy. Antes era, ya no existo (al menos como antes existía)…de no existir a existir hay un quiebre, ERGO, volver a existir y ser viable en el tiempo implica un inconmensurable número de posibilidades de “ser”, o en otras palabras más simples, si tengo que escoger volver a existir (por que volver a existir ipso facto implica una decisión), soy capaz de escoger quien seré. Seré escritor… Sonreía.
Martín fue un hombre complejo. A menudo su cabeza repasaba la cotidianeidad en forma de silogismo (Algo así como un argumento que consta de tres proposiciones, la última de las cuales se deduce necesariamente de las otras dos), por lo cual pensar le resultaba una tarea enredada:
- Antes fui por mucho tiempo quien creí que quería ser. Si bien no era lo que otros querían que fuera, ciertamente existió una cuota que contribuyo a que lo que era, fuera en función de otros. Llegué a ser un respetable orador de sobremesa, un potencial hombre de negocios, un aficionado a las artes, en fin, un paradigma. A Raquel poco le importaban los paradigmas, poco le importaba el poder de las palabras (de hecho abiertamente no daba valor a las palabras, solo valoraba los hechos), no disfrutaba de la lectura. ERGO, las cosas terminan cayendo por su propio peso.
Los silogismos son herramientas malévolas. La estructura mental de Martín adolecía de un error metodológico irreparable: En el pensamiento dicotonómico no hay lugar para matices. Así por ejemplo, un silogismo clásico en jerga popular grafica el problema:
“Dios es amor. El amor es ciego. Steve Wonder es ciego. ERGO: Steve Wonder es Dios. Así mismo, dicen de mí que soy nadie. Nadie es perfecto. ERGO, yo soy perfecto. Si solo Dios es perfecto, Yo soy Dios. Si Steve Wonder es Dios, Yo soy Steve Wonder ERGO: Soy ciego.”
La lógica es un sitio incomodo para el amor, eso lo pudo comprender Martín sentado en su sillón mientras masticaba el humo y palpaba con sus dedos una cajetilla de cigarros que cada día se vaciaba con mayor rapidez.
Pero Raquel tampoco era una mujer de matices. Nunca se sintió grata en el equilibrio, en una postura conciliadora, conversada. Raquel se fue transformando con el tiempo en una mujer radical. Eso a Martín le apasionaba, pero con el tiempo lo terminó fastidiando.
- Y es que las cosas no son blanco o negro, quizás a veces, como cuando digo “te amo”, porque se ama o no se ama; pero la mayoría de las veces las cosas son plomas, decía Martín.
La radicalidad de Raquel marcó el quiebre con Martín, seguramente aún lo quería, pero nada de lo que él tenía para hacerla feliz era lo que ella buscaba.
Fue cuando decidió dejarlo.
Martín sintió que su vida se apagaba, y de hecho terminó por apagarse. Martín murió, no como quién muere en un asesinato, sino que murió en esos términos que solemos llamar poéticos, como cuando el novelista decide matar a su personaje de pena.
Cuando Martín se hayo “poéticamente” muerto, se enfrento a la problemática de que todo lo que había llegado a ser junto a Raquel, simplemente ya no era. Pensó Martín:
- Yo un día fui junto a Raquel. Raquel era parte de mí y Raquel ya no está. Yo sin ella no soy. ERGO, desde hoy Martín no existe.
Cuando él fue capaz de semejante conclusión, fue libre. Agarró su pluma y escribió:
“De todas las muertes, la mía es la más bella
porque el puñal que en mi enterraste me dio la vida
porque me dejaste morir para verme nacer
y porque de todas las cosas que hoy puedo ser
he decidido ser escritor...
y digo:
Martín ha muerto.
Yo soy Martín, yo fui Martín, y esta es mi historia.”
Daniel Soriano Correa. Copyright (c) 2008. Todos los Derechos Reservados.
Ilustración: Maurits Cornelis Escher